Si me preguntan por Ernesto, tendría tanto que contar que no sabría cómo comenzar.
Lo más fácil es relatar el vínculo que mantuvimos toda la vida.
Nacimos en Paso de la Arena, en el viejo “Camino al Cerro”, hoy llamado avenida Cibils, en predios linderos en los cuales nuestros abuelos se establecieron a finales del siglo XIX. Nos criamos como todo niño de aquellos años y en un medio rural, cultivando la tierra con nuestros padres, cuidando animales, con la cocina a leña y las costumbres propias de aquella época.
Allí crecimos y nos vinculamos con otros niños que luego serían muchachos, compartiendo los diferentes juegos de entonces.
Pero había uno que predominaba: jugar a la pelota.
Allí Ernesto siempre se destacó. Tuvo un físico privilegiado desde la adolescencia, lo que, sumado a diferentes habilidades, fueron construyendo en él ese jugador profesional que supo ser.
Jugábamos en la calle, en el Camino Cibils, pero nuestra “cancha” estaba en la esquina de Camino Tomkinson y Cibils.
Allí había espacio más que suficiente para reunir seis u ocho jugadores de cada lado y disputar interminables partidos.
Ernesto era nuestro ídolo. Pero no vayan a creer que lo era tanto por sus virtudes futbolísticas, sino que lo era porque era él el único que tenía una ¡PELOTA DE GOMA!
Sí, se jugaba con la “de trapo” y había que remendarla continuamente.
Al verlo venir desde su casa, en el repecho de Camino Cibils, corriendo y pateando aquella hermosa pelota REDONDA Y ROJA, al grito de: “¡Allá viene el Ernesto!” todo el grupo se unía en algarabía.
Para cerrar, una anécdota que simboliza un vínculo: como sabemos, Ernesto y el Club Huracán crecieron juntos.
En las prácticas, al caer la tarde, invariablemente él abandonaba el campo de juego porque tenía que ir a buscar una vaca que pastaba a orillas de la Cañada Bellaca y llevarla al establo para su ordeñe.
Pues bien, en un partido ya profesional, jugando en el Estadio Centenario, en un momento de silencio desde el talud de la Ámsterdam se oye una estentórea voz que grita: —¡Ernesto, andá a buscar la vaca!
Ese era nuestro querido y eterno amigo Walter Jiménez, “el Negro Valeriano”.

La Prensa de la Zona Oeste acompaña a su familia
Con el fallecimiento de Ernesto Guerrini, Paso de la Arena y especialmente el Club Huracán, pierde a uno de los vecinos protagonista de una parte muy importante de su historia que trasciende lo deportivo.
LA PRENSA DE LA ZONA OESTE hace llegar sus más sinceras condolencias a su familia, a su primo Rómulo, amigos y seres queridos.