
Estuvimos en Sevilla y confirmamos algo que suele decirse, pero que solo se comprende al caminarla: no es una ciudad que se visite, es una ciudad que se siente.
Capital de Andalucía y síntesis viva de siglos de historia, Sevilla se despliega luminosa, hospitalaria y profundamente artística, combinando tradición y modernidad con una naturalidad que asombra.
Recorrer su casco histórico es como avanzar por un museo al aire libre. Cada calle, cada plaza y cada edificio cuentan una historia distinta: romana, árabe, renacentista, barroca, americana. Sevilla es muchas ciudades en una sola, y quizá por eso ha sido fuente de inspiración para escritores, pintores y artistas de todo el mundo.
Uno de los puntos donde esa identidad múltiple se vuelve más evidente es la Catedral de Sevilla, el templo gótico más grande del mundo. Estar allí impresiona no solo por sus dimensiones, sino por la carga simbólica que encierra. Construida sobre los restos de una antigua mezquita almohade, la catedral resume siglos de transformaciones culturales y religiosas. En su interior, el mausoleo de Cristóbal Colón —sostenido por las figuras de los antiguos reinos de España— recuerda e papel central que tuvo Sevilla en la historia del Nuevo Mundo. Y junto a ella, la Giralda, antiguo minarete convertido en campanario, sigue marcando el pulso de la ciudad, coronada por el Giraldillo que gira con el viento.
A pocos pasos, el Real Alcázar de Sevilla ofrece otra experiencia inolvidable. Declarado Patrimonio de la Humanidad, este conjunto palaciego es un viaje por el tiempo: arte andalusí, gótico y mudéjar conviven en perfecta armonía. Caminamos por patios y salones donde alguna vez lo hicieron gobernantes musulmanes, reyes castellanos y, aún hoy, la familia real española. Sus jardines, exuberantes y silenciosos, invitan a detenerse y observar cómo la historia sigue viva entre fuentes, azulejos y vegetación.
La relación de Sevilla con el agua se percibe claramente junto al Guadalquivir. Allí se alza la Torre del Oro, uno de los grandes símbolos de la ciudad. Construida en el siglo XIII como torre defensiva, hoy alberga el Museo Naval. Su nombre —lejos de ser solo poético— remite al brillo dorado que se reflejaba sobre el río. Desde este punto, resulta fácil imaginar la intensa actividad portuaria que convirtió a Sevilla en una de las ciudades más importantes de Occidente tras el descubrimiento de América. Otro de los espacios que más impacta al visitante es la Plaza de España, en el Parque de María Luisa. Diseñada por Aníbal González para la Exposición Iberoamericana de 1929, su forma semicircular simboliza el abrazo entre España y sus antiguas colonias. Caminamos junto a su canal, cruzamos los puentes que representan los antiguos reinos y nos detuvimos frente a los bancos de cerámica que narran, provincia por provincia, la historia del país. No sorprende que este escenario haya sido elegido por el cine internacional: su monumentalidad es sencillamente hipnótica.
Pero Sevilla no se explica solo a través de sus grandes monumentos. Está también en el Barrio de Santa Cruz, en Triana, en las tabernas, en los patios interiores, en las rejas y balcones, en el acento de su gente, en una gastronomía que acompaña cada momento del día, y en el viaje al corazón mismo del flamenco. Hay una gracia natural en la vida cotidiana sevillana que envuelve al visitante y lo hace sentirse parte de la ciudad, aunque sea por unos días.
Después de recorrerla, queda claro que Sevilla no vive anclada en su pasado: lo abraza, lo conserva y lo proyecta hacia el presente. Festiva, religiosa, cosmopolita y profundamente humana, esta ciudad andaluza sigue siendo una de las más universales del mundo. Y tras haberla vivido en primera persona, entendemos por qué siempre deja ganas de volver.
