Continuamos publicando las obras presentadas en la Muestra Literaria realizada por la Biblioteca Comunitaria “Paco” Espínola. En esta edición transcribimos la 3º Mención en narrativa del autor: Gerardo Recalde. El Camino del Viento
La mañana estaba luminosa.
Los árboles ya mostraban sus primeros verdes anunciando a la primavera.
Tomas observaba atento como su papa partía a lo largo aquel trozo de caña tacuara, sacando unos listones rectos y flexibles que usaría para fabricar una cometa.
Los ato prolijamente por el centro formando una estrella, había traído papel de la panadería con el que forro la estructura, poniéndole flecos y roncadores en el contorno.
Quedó hermosa, la mama con trozos de trapo le hizo una cola larga para evitar que coleara cuando fuera subiendo.
Tomás había esperado todo el invierno ese momento, remontar esa cometa con su papa en los primeros vientos de la primavera.
Llegaron al parque y miraron hacia el cielo despejado.
Tomás corrió y corrió, estiro el hilo, levantó los brazos, pero la cometa apenas se movió y pesadamente volvió a caer al suelo.
-Papa’, no hay viento- gritó.
Su padre sonriendo le acaricio la cabeza y dijo - Talvez si vamos a la playa tengamos más suerte
Al llegar se encontraron con un silencio quieto, como si el aire estuviera dormido, pequeñas olas rompían en la orilla, dejando una fina línea de espuma en la arena, pero nada había del viento deseado.
El niño dijo resignado -Papá, ¿y si la primavera se olvidó del viento?- El padre quedó pensativo, tratando de encontrar una respuesta que conformara a Tomás, y después de un momento dijo – Hay alguien que tal vez pueda darnos una explicación a este misterio –
Al anochecer se fueron al campo del abuelo, cuando llegaron lo encontraron en la galería de la casa, sentado en su sillón de mimbre.
Tomás corrió a sus brazos y no dando tiempo a saludo alguno exclamó – Abuelo la primavera llegó, pero no vino el viento con ella –
El abuelo sonrió y tratando de calmarlo dijo
-Ah, ya veo-
– A veces el viento se pierde –
Tomás abriendo los ojos asombrados, preguntó
– ¿Se pierde? ¿Cómo puede perderse el viento? –
– El viento recorre el mundo – explico el abuelo –Sopla sobre los mares y desiertos, choca contra las montañas, juega con los árboles y las velas de los barcos. Pero en su largo periplo puede confundirse y perder el camino de regreso –
– Quizás por eso la primavera llegó sin su soplo –
Tomas escuchaba con atención las palabras de su abuelo, aquel relato increíble lo iba hacer testigo de un secreto muy antiguo.
– Hace mucho tiempo – Continúo el abuelo –
– El abuelo, del abuelo, de mi abuelo encontró una solución para cuando el viento se perdía, pero con el paso del tiempo los hombres la fueron olvidando –
– Y cuál fue – preguntó Tomas casi que gritando de curiosidad
– Él le pidió ayuda a la Madre Naturaleza – Respondió el abuelo con voz pausada – Y ella con su enorme amor y sabiduría se la dio –
– Bajo un montón de estrellas pequeñas del cielo a la tierra, convirtiéndolas en luciérnagas –dijo el abuelo haciendo una pausa que a Tomás le pareció eterna.
– Por eso en las noches de primavera los campos se llenan de luciérnagas que van sirviendo de guías, para que el viento reencuentre su camino –
Tomás miro el oscuro campo como de pronto comenzó a poblarse de pequeños farolitos, llenándose de destellos. Eran tantos que parecían un cielo nuevo sobre el suelo.
El abuelo bajo la voz y le dijo – Si cierras los ojos y lo deseas con el corazón las luciérnagas escucharan tu llamado y le mostraran al viento el camino –
Tomás apretó sus párpados y pensó en la hermosa cometa que le había hecho su papá elevándose en el cielo.
De pronto un murmullo recorrió el campo, las ramas de los árboles comenzaron a moverse, los pastizales se inclinaron como saludando y una ráfaga suave con perfumes de azahar despeino al niño
– Papa… El viento…– grito Tomás.
Al otro día una cometa con forma de estrella volaba en lo más alto, rodeada de un montón más que llenaban el cielo de colores y formas.
Y así en cada primavera que el viento tarda en llegar, Tomás recuerda el secreto de su abuelo, mirando el campo iluminado. Las estrellas disfrazadas de luciérnagas siguen ahí, fieles guardianas del camino del viento.

Autor: Gerardo Recalde