
Segovia apareció ante nosotros como un sueño cumplido, un destino de cuento de hadas que parecía esperarnos con su historia milenaria, sus sabores y su luz dorada. Más que un viaje fue un regalo.
Segovia es una ciudad histórica al noroeste de Madrid en la región de Castilla y León de España central. Sus inicios no se conocen definitivamente. Se sabe que el pueblo Arevaci pobló la zona antes de que fuera conquistada por los romanos. Las tropas romanas enviadas para controlar la zona se quedaron para asentarse allí. El área estaba dentro de la jurisdicción de la corte provincial romana (latín conventus iuridici, español convento jurídico) ubicada en Clunia.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985, Segovia fascina desde el primer instante. Sus siglos de asentamiento dieron como resultado un abundante legado arquitectónico; su Acueducto romano, el Alcázar de Segovia, un Castillo de cuento de Hadas y la Catedral gótica —conocida como la Dama de las Catedrales— se alzan majestuosos entre calles empedradas que invitan a caminar sin rumbo, dejándose envolver por siglos de arte, fe y belleza.
El Acueducto: un milagro de piedra
El Acueducto de Segovia, es una obra maestra de la ingeniería romana. Sus 167 arcos de granito, ensamblados sin una gota de argamasa, se elevan hasta 28 metros de altura sobre la Plaza del Azoguejo. Esta excepcional obra de ingeniería hidráulica romana, es una de las joyas arqueológicas más emblemáticas y reconocidas de España.
Realizada mediante grandes sillares de granito sentados “a hueso”, fue construido para abastecer de agua a Segovia.
Admirarlo es quedarse sin palabras: parece imposible que algo tan perfecto haya resistido el paso de casi dos milenios. Símbolo de la ciudad, figura en su escudo y en su bandera, y aún hoy continúa recordando la grandeza del ingenio humano.
El Alcázar de Segovia: un castillo de cuento de Hadas
En lo alto de un promontorio, donde confluyen los ríos Eresma y Clamores, se alza el Alcázar de Segovia, uno de los castillos más bellos del mundo.
Símbolo de la ciudad, es un castillo medieval con vistas impresionantes, que fue residencia real, fortaleza y prisión. Su silueta inspiró a Walt Disney para el castillo de Blancanieves, y no es difícil entender por qué: torres esbeltas, almenas doradas por el sol y una historia que mezcla reyes, batallas y leyendas.
Un profundo foso con puente levadizo abre paso a una fortaleza de ubicación privilegiada, posiblemente habitada desde la época celta. El castillo, convertido en Alcázar -residencia real- en el s. XIII, adquirirá su fisonomía gótica en los tiempos de Juan II y Enrique IV. En la silueta del monumento destaca la torrecita de Alfonso X El Sabio, en el ángulo norte, desde la que este monarca estudiaba el firmamento, y la torre de Juan II, de 80 metros de altura, con bellos esgrafiados y doce torrecillas adornando su volumen.
A través de una empinada y extenuante escalera de caracol, el visitante puede acceder a la parte superior de la torre, desde donde se divisa una bellísima vista de los tejados de Segovia y
la vasta llanura castellana.
La Catedral: la Dama de las Catedrales
En el punto más alto de la ciudad se levanta la Catedral de Santa María, último gran templo gótico de España. Con sus 157 vidrieras y su elegante
torre, parece flotar sobre la ciudad vieja. En su interior, la luz tamizada por los vitrales crea una atmósfera de serenidad que conmueve.
Sabores que enamoran
Segovia también se descubre a través de su mesa. El cochinillo asado, con su piel crujiente y carne tierna, es casi una institución. Le siguen el lechazo asado, los judiones de La Granja, la sopa castellana y, para el final, el inigualable ponche segoviano, ese dulce de mazapán, crema y azúcar tostada que sabe a celebración.
Más que un destino
Pero más allá de los monumentos, Segovia deja huella en el alma. Sus murallas, sus miradores, el aire puro de Castilla y la calidez de su gente hacen que uno sienta que la vida —aún después de grandes tormentas— puede volver a brillar.
Este viaje fue eso: una celebración de la vida, un reencuentro con la fuerza interior y la belleza del mundo. Segovia nos recordó que los sueños, como las piedras de su acueducto, pueden sostenerse en pie durante siglos, si están construidos con amor, paciencia y esperanza.
